Había una vez un pollito, que entre todos los demás era el más chiquito, estaba todo desplumadito.
Le gustaba pasar mucho tiempo mirando al sol y pensaba: ¡cómo quisiera llegar al sol, aquí siento sus rayos tan cálidos, que entibian mi cuerpecito desplumado, de seguro si pudiera acercarme más me envolvería todo y nunca jamás volvería a tener frío!
Un día estaba el pollito, como siempre, contemplando al astro rey, cuando de pronto vio pasar junto a él un ave muy grande, majestuosa. Al principio pensó que era un efecto del encandilamiento, pero después de frotarse los ojos confirmó que no se había equivocado y se admiró de que ella se acercara tan fácilmente al sol.
Corrió a preguntar quién era aquella hermosa ave; alguien le dijo que se trataba de un águila.
Desde entonces añoraba ser como esa águila, tener sus grandes y fuertes alas para volar lo más alto posible y llegar allá donde él creía que encontraría la felicidad.
El pollito pensó la forma de ser como el águila, pero no sé le ocurrió nada más que ir a buscarla, se sentía atraído como por un imán, tenía la certeza de que donde ella estaba encontraría la forma de alcanzar su sueño.
Un buen día se decidió, y aunque temblando de miedo, pero con esperanza, dejó el gallinero y se fue caminando pasito a pasito, pues sus piernitas no lo llevaban más rápido.
En ese sendero encontró muchas dificultades y pensó que jamás llegaría a encontrar al águila, hasta que sus ojitos vislumbraron un destello, corrió lo más veloz que pudo, entre tropezones, y cuál fue su asombro al descubrir que aquel destello provenía del reflejo del sol en el lago, y allí bebiendo agua estaba el águila.
Jubiloso el pollito gritó: ¡lo sabía, sabía que te encontraría, el mismo sol me guió hasta ti!
El águila se le quedó mirando con aquella paz y seguridad que sólo las águilas tienen, más no le dirigió la palabra y siguió bebiendo agua.
El Pollito se sorprendió al principio al notar que le ignoró, pero enseguida le preguntó: ¿cómo puedo llegar a ser un águila?
El águila lo volvió a mirar y con voz pausada, serena, le dijo: ¿por qué quieres ser como yo?
A lo que el pollito respondió: porque yo amo al sol, me complace sentir su calidez en mi cuerpecito, mira, casi no tengo plumas y siempre tengo frío, pero lo tibio de sus rayos me reconforta, así que quiero estar más cerca de él y tú vuelas tan alto que fácilmente lo puedes alcanzar.
El águila lo pensó un poco y le dijo: siento decepcionarte pero tú jamás serás un águila, pues somos de diferente especie, pero no te entristezcas, ya que aún siendo pollito llegarás a estar cerca del sol, y no sólo eso, sino que se reflejará en ti, igual que este lago, porque llegará el momento en que estarás en lo alto, serás el primero que lo vea al despertar y anunciarás su llegada a todos los demás seres, y con ello la esperanza de un nuevo día. Quizá ahora no comprendas mis palabras pero cuando llegue ese día lo harás y serás feliz al ver qué para todos brilla el sol y que todos sentimos su calor seamos de una u otra especie, volemos muy alto o no volemos, estemos en cualquier lugar, tengamos diferentes cualidades y capacidades. Ahora vuelve a donde perteneces, que aún eres pequeño, y espera, sólo espera.
El águila desplegó sus alas y comenzó a elevarse. El pollito aún sin comprender bien sus palabras le dio las gracias, y miró como se perdía en el horizonte, entonces emprendió el camino de regreso a su hogar meditando las palabras de la sabia ave.
Pasó el tiempo y el pollito fue creciendo, madurando y reflexionando siempre las palabras del águila, hasta que un día, estando dormido, sintió la necesidad de despertar, algo lo impulsaba; abrió los ojos y de un salto llegó a lo más alto del gallinero, se quedó contemplando el cielo oscuro, cuando de pronto todo comenzó a colorearse y de su garganta salió sin que pudiera evitarlo, un canto que no había conocido en él, que nadie le había enseñado, pero provenía de él. Mientras más cantaba más feliz se sentía y se admiraba de que a la vez se asomaba el sol, poco a poco. De igual forma todos los animales y personas se ponían en pie para comenzar su jornada.
Fue en ese momento que comprendió lo que le dijo el águila y supo que aunque no tenía cualidades de águila podía sentir más al sol y además anunciar su llegada.
Una vez que el sol brillaba con esplendor en lo alto y daba vida con su calor a plantas y animales, el pollito contemplaba ese espectáculo y sentía gran gozo en su interior, para nada sentía frío. Bajó del tejado y al pasar por el bebedero de agua, miró un reflejo que le sorprendió y que al principio no reconoció, un ave de plumaje rojizo y tupido, con cresta roja sobre su cabeza, un ave bella, era un hermoso gallo, en ese momento sonrió. Era su reflejo.
Muchas veces no vemos nuestro verdadero yo, nuestro valor ni comprendemos nuestra finalidad, nuestra razón de ser. Podemos observar a los demás y pensar por qué no soy de tal o cual forma, pero sólo mirando nuestro interior, aceptándonos, podremos ver más allá, descubrir a Dios en nuestra alma y ser felices. Entonces darnos a los demás, aportar nuestro granito de arena para construir un mundo mejor y mostrar que Él existe.
Autor: Mary Carmen López